María Nelly Murillo tenía 18 años cuando el Cessna 303 en el que viajaba con su bebé se estrelló en la selva del Chocó, en el occidente de Colombia, el sábado 20 de junio de 2015.
El piloto murió en la cabina. Ella salió por la puerta trasera, caminó diez metros y recién ahí recordó que llevaba a su hijo Yudier, de menos de un año.

Durante cinco días se movió por el Alto Baudó con el tobillo fracturado, quemaduras y un corte en la pierna. Comió cocos partidos con un machete. Cuando la leche se acabó, recogía agua de lluvia en hojas grandes para dársela al niño.
Un helicóptero de la Fuerza Aérea, comandado por el coronel Héctor Carrascal, sobrevoló la zona con altavoces gritando mensajes de aliento. Ella los escuchó.

El miércoles 24 de junio, cuando los catorce rescatistas casi se quedaban sin provisiones y sin esperanza, la vieron sentada a 400 metros del avión, con su bebé en brazos.
“Está viva, está viva”, repetía su hermano Carlos.
Ambos sobrevivieron.

