Durante años, José Antonio Rodríguez Vega llevó una doble vida en Santander, España. Para sus vecinos podía parecer un hombre amable y trabajador, pero entre 1987 y 1988 se convirtió en uno de los asesinos seriales más conocidos de la historia criminal española. Violó y asesinó a 16 mujeres de entre 61 y 93 años.

Lo más perturbador llegó después de su detención. Desde prisión, Rodríguez Vega sostuvo que aquellos crímenes tenían un motivo relacionado con su propia madre. “Ha sido una venganza contra mi madre”, escribió en una carta. Según su explicación, sentía una mezcla de amor y odio hacia ella y, al no ser capaz de matarla, terminó descargando ese resentimiento contra otras mujeres.

Su forma de actuar también resultaba inquietante. Como trabajaba en la construcción, observaba a mujeres mayores que vivían solas, estudiaba sus rutinas y después se presentaba en sus casas con distintas excusas: podía hacerse pasar por técnico, revisor o trabajador que ofrecía realizar alguna reparación.

No siempre atacaba durante la primera visita. Según las investigaciones, buscaba ganarse la confianza de sus víctimas antes de agredirlas. Después las asfixiaba y, en algunos casos, la muerte fue inicialmente considerada natural debido a la edad de las mujeres.

En su casa, la policía encontró además objetos que había sustraído de sus víctimas, entre ellos joyas y otros recuerdos que conservaba como trofeos. Finalmente fue condenado a 440 años de prisión por los 16 asesinatos y las violaciones.

Pero la historia tuvo un último giro. En 2002, mientras cumplía condena en la prisión de Topas, fue asesinado por otros dos reclusos, que le propinaron 113 puñaladas. Uno de ellos, al declarar ante el juez, resumió su justificación con una frase: “Le hice un favor a la sociedad”.

El hombre que aseguró que todo había comenzado por el odio hacia su propia madre terminó muriendo en prisión, después de convertirse en responsable de 16 asesinatos.
