Jeffrey Dahmer
“Desde los 15 años tenía una fantasía recurrente con un autoestopista. Tres años después vi a uno cerca de mi casa. Di la vuelta, lo recogí y esa fue la noche en que se volvió realidad”.
Era 1978. Dahmer tenía apenas 18 años y ya acababa de cometer su primer asesinato. Pasaron años antes de que volviera a matar, pero sus fantasías no desaparecieron.
“Una cosa llevó a la otra. Necesitaba comportamientos cada vez más desviados para satisfacer mis impulsos. Me hacía sentir que eran una parte permanente de mí. También me producía satisfacción sexual”.


Las víctimas se amontonaron. Los restos, el constante olor putrefacto y las miradas sospechosas de los vecinos, pero ya nada lo podría detener… Necesitaba ir más lejos.
“El asesinato no era el objetivo. Yo solamente quería tener a la persona bajo mi completo control, sin tener que considerar sus deseos y pudiendo mantenerla conmigo todo el tiempo que quisiera”.
Para Dahmer, el juego comenzaba cuando la persona “ya no estaba”. Quería una relación, pero no las consecuencias. El problema era que una víctima muerta jamás podría darle lo que él realmente deseaba; debía seguir viva, pero que fuera incapaz de abandonarlo.
Entonces comenzó a experimentar…
—¿Qué estabas inyectando en ese agujero?
Confesión 1971, Jeffrey Dahmer, Jefatura de Policía de Milwaukee
—A veces agua caliente, a veces ácido diluido.
—¿Y con qué propósito usaba esa técnica?
—Poner a la persona en estado zombie.
—No sabía exactamente cómo hacerlo, pero estaba experimentando.
—¿A qué te refieres con “estado zombie”?
—Un estado en el que estaría dispuesto a simplemente seguir mis órdenes y no querer irse.


Pero no funcionó como esperaba.
“Intenté mantener viva a la persona induciendo un estado parecido al de un zombi. Nunca funcionó completamente”. “Una cosa llevaba a la otra. Cada vez tenía que hacer cosas más extrañas para satisfacer mis instintos”.
Nuevamente necesitó avanzar; sin embargo, para cumplir sus deseos cruzó todos sus límites, hasta que no quedó humanidad que respetar. Comenzó a tomar fotos y a conservar partes de sus víctimas.
“Era mi manera de recordar su apariencia, su belleza física. Quería guardar algo de la persona conmigo”.
Pero incluso eso dejó de ser suficiente.
Entonces llegó el canibalismo.
“Sentía que iban a convertirse en parte de mí”.
Para Dahmer, todo parecía regresar a la misma obsesión: impedir que sus víctimas pudieran desaparecer de su vida.

“Yo quería tener a la persona bajo mi control completo”.
Cuando finalmente fue capturado, ya había asesinado a 17 hombres y jóvenes.
Años después reconoció que no sabía dónde había comenzado aquella compulsión.
“Hasta hoy no sé qué lo inició”.
Pero tampoco intentó responsabilizar a alguien más.
“La persona culpable está sentada frente a ti. Es la única persona. No mis padres, no la sociedad, no la pornografía. Esas son solamente excusas”.
Y reconoció algo todavía más inquietante:
“Probablemente habría seguido. No puedo pensar en nada que me hubiera detenido”.
“No lo hice por razones de odio. No odiaba a nadie. Sabía que estaba enfermo o era malvado, o ambos”.
Al final, Dahmer describió con sus propias palabras aquello en lo que había terminado convirtiendo sus fantasías:
“Debí haberme quedado con Dios. Lo intenté, fracasé y creé un holocausto”.
