Raven-Symoné lo dijo sin rodeos en su podcast Tea Time con Raven y Miranda: nunca le regalaron nada.

Mientras otras estrellas desfilaban con vestidos prestados por diseñadores, ella tenía que sacar la billetera. “Tenía que comprar todo lo que me ponía en esas alfombras rojas”, contó. “Tenía que comprar esos trajes de mil dólares porque nadie tenía mi talla”. Una industria que celebra la exclusividad pero que la dejó afuera del privilegio más básico: que alguien confíe en tu imagen lo suficiente como para vestirte gratis.

Aun así, Raven se convirtió en un referente de estilo por mérito propio. Su historia pone en la mesa algo que pocas veces se dice en voz alta: cuánto le cuesta a una mujer que no entra en el molde simplemente aparecer en una foto.

