Tesla ya sospechaba algo antes que el resto del mundo lo supiera.
Desde 1894 experimentaba con tubos de vacío y radiación, un año antes de que Wilhelm Röntgen anunciara oficialmente el descubrimiento de los rayos X. Cuando la noticia se confirmó en 1895, Tesla no se limitó a admirar el hallazgo ajeno: construyó su propio tubo de vacío, alimentado por sus bobinas de alta frecuencia, y decidió usarse a sí mismo como sujeto de prueba.

Se colocó a unos 8 pies del aparato y capturó una imagen que hoy se conserva como una reliquia científica: los huesos de su pie, los ojales de los cordones y hasta los clavos internos del zapato, todo visible en lo que él llamó una ‘sombragrafía’. Röntgen mismo llegó a reconocer la nitidez de esas placas. Casi 130 años después, esa radiografía sigue siendo una ventana directa a la mente de un hombre que no esperaba a que la ciencia llegara: la perseguía.

