El mundo no la conoce. No salió en portadas ni hizo historia en un estadio. Pero Hellen Katty Flores Gallo peleó, a los once años, el partido más difícil de todos: el de su propia vida.

Era una niña deportista, entusiasta, sana. De esas que corren sin pensar en el cuerpo, porque el cuerpo simplemente responde. Hasta que un día dejó de responder.
Los médicos encontraron una enfermedad grave en la sangre. De un día para otro, la infancia se llenó de hospitales, de miedo, de preguntas sin respuesta.
Elena, su madre, no tenía un tratamiento milagroso que ofrecerle. Tenía fe. Y se aferró a ella con todo lo que le quedaba, rezando sin descanso, pidiendo una intercesión divina mientras la gravedad de Hellen Katty se sostenía, día tras día, al borde del abismo.
Y entonces, el 4 de junio del año 2000, pasó lo que la ciencia no pudo explicar.
En un solo día, la niña se curó. No de a poco, no con altibajos: de forma súbita, total, permanente. No necesitó más tratamiento. No hubo recaída. El cuerpo que se apagaba, simplemente, volvió a encenderse.
Porque hay batallas que se ganan con bisturí y con medicina. Y hay otras que se ganan de rodillas, sosteniendo una plegaria hasta que el milagro decide llegar.
Hoy Hellen Katty es apenas un nombre en un testimonio. Pero detrás de ese nombre hay una madre que no soltó la fe cuando todo indicaba que debía hacerlo.
Gracias por mostrarlo, Elena.
