En 1998, el neozelandés Clint Hallam hizo historia al convertirse en la primera persona de la era moderna en recibir un trasplante de mano. La operación, realizada en Francia, fue considerada un enorme avance para la medicina y despertó la esperanza de que este tipo de procedimientos pudieran cambiar la vida de miles de personas.

Sin embargo, lo que parecía un éxito terminó de forma inesperada.

Apenas dos años después de la cirugía, Hallam pidió que le amputaran nuevamente la mano trasplantada. Según los médicos, el paciente dejó de tomar la medicación inmunosupresora necesaria para evitar el rechazo del órgano, lo que provocó un deterioro irreversible del injerto. Él, en cambio, aseguró que nunca logró sentirse realmente identificado con la mano y que ya no quería continuar con el tratamiento.

Los especialistas insistieron en que el problema no había sido la cirugía, sino el abandono del tratamiento, ya que un trasplante de este tipo requiere medicamentos de por vida para que el sistema inmunológico no ataque el tejido recibido.

A pesar del desenlace, el caso marcó un antes y un después en la medicina.

Desde entonces se han realizado numerosos trasplantes de mano en distintos países, muchos de ellos con resultados exitosos y pacientes que conservan sus extremidades luego de años de rehabilitación.
