Renée Lariviere estaba a punto de salir de su edificio en Sudbury, Canadá, para ir a comprar comida rápida. Un amigo le lanzó las llaves del auto. Ella extendió la mano para atajarlas, como lo había hecho cientos de veces antes.

Pero esta vez algo salió mal. Sintió un golpe seco en el rostro y pensó que simplemente había fallado el atrapado. La adrenalina bloqueó cualquier dolor, así que ni siquiera sospechó lo que realmente había pasado hasta que se miró al espejo: una de las llaves estaba clavada en su mejilla. Su primer temor no fue el dolor, sino quedar ciega.

En el hospital le hicieron una tomografía y llamaron a un cirujano plástico de urgencia. El especialista confirmó algo que sorprendió a todos: la llave se había abierto camino hasta alojarse dentro de sus cavidades nasales. La operaron, la suturaron, y hoy Renée se recuperó por completo, sin secuelas ni cicatrices visibles.

