Francisco Bastardo estaba navegando por el estrecho de Ormuz cuando su hijo Fabio, de 9 años, le avisó por videollamada que la tierra iba a temblar. Segundos después la señal se cortó. Desde entonces, el niño y su madre, Kiriaki Navarro, están atrapados en el edificio Taihiti, en Caraballeda, Venezuela, derrumbado por el doble terremoto del 24 de junio.

Bastardo llegó al país el domingo y no se ha movido de ahí. Hace guardia junto a los rescatistas que usan drones, perros y georadar, aunque este viernes le confirmaron lo que más temía: no hay señales de vida. Aun así, él sostiene algo que no necesita pruebas técnicas para creerlo. “No he visto un cuerpo real, pero lo siento en mi cuerpo que Fabio sigue vivo”, dice.
La abuela del niño asegura que el domingo escuchó un silbido, y que este viernes hubo golpes desde adentro. El edificio tiene grietas nuevas y se mueve, dicen los equipos. Pero para un padre que espera afuera, ningún informe pesa tanto como la certeza de que su hijo todavía responde cuando lo llama.
