Todas las noches, entre las 7 y las 8, antes de que empezara la novela, Emma y Gabriela se arrodillaban.
Tenían un libreto que se sabían de memoria: pedir perdón por sus errores, por no sentirse a gusto con su propio cuerpo, por existir como existían.

Lo repitieron casi todos los días durante uno o dos años, convencidas de que si rezaban lo suficiente, Dios las escucharía y las convertiría en mujeres. Mientras tanto, afuera de su cuarto, el colegio y la calle les devolvían bullying, acoso y violencia por no encajar.

Gabriela cuenta que un día se hizo una pregunta simple: ¿por qué ella tenía que sentir culpa, si el resto del mundo no siente culpa por ser quien es? Esa pregunta cambió todo.

Hoy, ya transicionadas, ambas colombianas aseguran algo que pocas veces se escucha con esta calma: no se arrepienten de nada.
