Robert Downey Jr. comenzó a consumir sustancias con su padre a los 6 años: antes de salvar al mundo como Iron Man, el actor tuvo que salvarse a sí mismo

Por Krishna Medina
29 September, 2026

Antes de convertirse en Iron Man, Robert Downey Jr. fue el prisionero P50522. Hollywood lo había visto pasar de candidato al Óscar a entrar esposado en una prisión estatal, pero su historia con las drogas había comenzado mucho antes de que pudiera comprender sus consecuencias.

Robert tenía apenas seis años cuando su padre, el cineasta Robert Downey Sr., le dio a probar marihuana. Creció entre rodajes independientes, fiestas y adultos que consumían alcohol y otras sustancias con normalidad. Cuando la familia atravesó Estados Unidos en automóvil, al pequeño incluso lo dejaron encargado de sostener la pipa de hachís.

Décadas más tarde, su padre reconoció que algunos adultos de su generación pensaban que sería hipócrita consumir y excluir a sus hijos. Con el tiempo entendió la gravedad de lo que había hecho.

El actor, por su parte, vio en aquella acción una forma torcida de cercanía: su padre intentaba expresarle su amor como podía, algo que él mismo llamó una decisión “terrible y estúpida”, porque las drogas se transformaron en una manera distorsionada de sentirse cerca de su padre. Aún no podía comprender la adicción, pero aprendió desde niño a relacionar el consumo con el afecto, la complicidad y la vida familiar.

“Fue una decisión idiota. Solo me alegra que él siga aquí”, admitió su padre.

Y así el joven destinado a convertirse en uno de los grandes actores de su generación cayó al precipicio.

El 23 de junio de 1996, la policía lo detuvo por conducir a alta velocidad por Sunset Boulevard. Dentro de su vehículo encontraron cocaína, heroína y una pistola Magnum calibre .357 descargada.

Solo unas semanas después, mientras se encontraba bajo los efectos de sustancias, entró por equivocación a la casa de unos vecinos en Malibú. Subió las escaleras y se quedó dormido en la cama de uno de sus hijos. La familia lo encontró inconsciente y llamó a emergencias.

Aquel episodio pudo ser una advertencia definitiva, pero la adicción no desapareció con el miedo ni con la vergüenza pública. Downey recibió libertad condicional, tratamientos obligatorios y controles periódicos, pero continuó recayendo. En 1997 faltó a una prueba de drogas y fue condenado a pasar seis meses en la cárcel del condado de Los Ángeles.

Al salir, intentó regresar al cine, pero volvió a incumplir las condiciones impuestas por la justicia. Había pasado por centros de rehabilitación cerrados, programas residenciales, tratamientos ambulatorios y reuniones de doce pasos. Nada parecía conseguir mantenerlo a salvo durante demasiado tiempo.

En agosto de 1999 volvió a presentarse ante el juez Lawrence Mira. Tenía 34 años, vestía el uniforme naranja de la cárcel y llevaba sandalias de baño. Sabía que la paciencia de la justicia estaba agotándose y suplicó que le permitieran continuar en tratamiento en lugar de enviarlo a una prisión estatal, pero está vez para explicar lo que ocurría dentro de su mente, utilizó una comparación estremecedora:

“Es como tener una escopeta dentro de la boca, el dedo sobre el gatillo y que me guste el sabor del metal”.

Pero no funcionó. El actor fue condenado a tres años de prisión y trasladado a la Institución de Tratamiento para el Abuso de Sustancias y Prisión Estatal de California, en Corcoran. Allí dejó de ser la estrella nominada al Óscar para convertirse en el interno P50522.

Años después describió la experiencia como ser enviado a un planeta lejano del que no parecía existir ninguna forma de regresar. Tuvo que aprender rápidamente las reglas internas, evitar conflictos y adaptarse a vivir encerrado con hombres condenados por delitos violentos.

Su carrera quedó suspendida y los papeles desaparecieron. Después de pasar cerca de un año en la prisión estatal —además de los periodos que ya había cumplido anteriormente—, fue liberado en agosto de 2000 porque un tribunal determinó que no se habían contabilizado correctamente los días que llevaba encarcelado.

Durante un momento pareció que la peor etapa había terminado. Apenas una semana después de recuperar la libertad, consiguió un papel en Ally McBeal. Su interpretación fue tan bien recibida que ganó un Globo de Oro y recibió una nominación al Emmy. Profesionalmente volvía a levantarse, pero personalmente todavía no conseguía escapar.

En noviembre de 2000, la policía ingresó a la habitación que ocupaba en un hotel de Palm Springs y encontró cocaína y diazepam. En abril de 2001 fue detenido nuevamente después de que un agente lo encontrara caminando descalzo por Culver City bajo los efectos de sustancias.

La producción de Ally McBeal ya no quiso correr más riesgos. Despidieron al actor y reescribieron los episodios en los que debía aparecer. Downey volvió a perder un trabajo exitoso cuando parecía estar recuperando su carrera.

Hollywood comenzó a considerarlo “no asegurable”. Contratarlo implicaba el peligro de que no se presentara a una grabación, fuera detenido o provocara la suspensión completa de una película. Su talento continuaba intacto, pero casi ningún estudio estaba dispuesto a arriesgar millones de dólares por él.

Su recuperación tampoco ocurrió gracias a una única revelación. Fueron necesarios nuevos tratamientos, terapia, reuniones de apoyo, artes marciales, disciplina y la ayuda de personas cercanas. Downey sostiene que permanece sobrio desde 2003, el mismo año en que conoció a la productora Susan Levin durante el rodaje de Gothika.

Susan dejó claro que no construiría una vida junto a él si continuaba consumiendo. Robert entendió que podía perder la relación y la oportunidad de formar una familia. Se casaron en 2005 y, con los años, crearon juntos la productora Team Downey.

Sin embargo, dejar las drogas no significó recuperar inmediatamente su carrera. Aunque se encontraba sobrio, los estudios y las aseguradoras seguían mirando su pasado.

Con la ayuda de Mel Gibson, logró trabajar en The Singing Detective en 2003. La película no fue un gran éxito comercial, pero demostró que Robert podía terminar un rodaje. Después llegaron Kiss Kiss Bang Bang y Zodiac. Cada trabajo completado era una nueva prueba de que el actor que Hollywood había descartado estaba aprendiendo a reconstruirse.

Entonces apareció Tony Stark.

Cuando comenzó la preparación de Iron Man, Marvel todavía tenía dudas sobre entregar una producción millonaria a un actor con antecedentes de adicción y prisión. El director Jon Favreau, en cambio, vio que Downey comprendía al personaje: ambos eran hombres brillantes, carismáticos y autodestructivos que habían desperdiciado oportunidades y necesitaban construir algo que los mantuviera con vida.

Favreau defendió su elección y Robert se preparó durante semanas para la audición. En 2007 consiguió el papel y, un año después, Iron Man llegó a los cines. La película recaudó más de 585 millones de dólares y puso los cimientos del Universo Cinematográfico de Marvel.

La armadura no borró sus antecedentes, pero cambió la forma en que el mundo lo observaba. El hombre al que ningún estudio quería asegurar se convirtió en una de las estrellas mejor pagadas y confiables de la industria. Interpretó a Tony Stark durante más de una década y transformó al personaje en el corazón de una de las franquicias más exitosas de la historia.

La última vuelta de su historia llegó en 2024, cuando ganó el Óscar como mejor actor de reparto por Oppenheimer. Frente al mismo Hollywood que alguna vez lo había dado por perdido, comenzó su discurso agradeciendo, con ironía, a su “terrible infancia”.

También recordó a su abogado de cuatro décadas: “La mitad de ese tiempo lo pasó tratando de asegurarme y sacarme de la cárcel”.

Antes de utilizar una armadura para salvar al universo, tuvo que aprender a salvarse a sí mismo. Y quizás ese haya sido siempre el papel más difícil de toda su carrera.

Puede interesarte