Roberto Arlt tenía ocho años cuando lo expulsaron de la escuela primaria.
No volvió a un aula. Su casa era la de una familia de inmigrantes pobres, con un padre prusiano severo y austero, donde se hablaba alemán. Lo que no le dio el colegio se lo dieron las bibliotecas populares de barrio, con traducciones baratas, y una ciudad que cambiaba a toda velocidad. Fue empleado de librería, aprendiz de hojalatero, pintor, mecánico y estibador antes de que un periódico lo contratara.
En septiembre de 1928, en su columna del diario El Mundo, escribió: “He aprendido que la escuela más útil para el entendimiento es la escuela de la calle, escuela agria, que deja en el paladar un placer agridulce y que enseña todo aquello que los libros no dicen jamás”. Y remató con una provocación: “Porque, desgraciadamente, los libros los escriben los poetas o los tontos”.


Lo decía alguien que se había hecho a sí mismo, sin títulos ni apellidos de peso. Mientras la elite literaria miraba hacia París, Arlt miraba la calle Corrientes, los conventillos y los tranvías de un Buenos Aires que no cabía en ningún libro. Sus crónicas, las Aguafuertes porteñas, se leían cada mañana en toda la ciudad.
Murió a los 42 años. Dejó El juguete rabioso y Los siete locos, y una idea que sigue en pie: a veces la mejor escuela es la calle, vivir y experimentar el mundo real.

