Robinho tenía diecisiete años cuando el Santos, el club de Pelé, lo puso a jugar como si ya fuera grande.
A los veinte fichó por el Real Madrid. Después llegó el Manchester City, y más tarde el Milan, donde ganó una Serie A y una Supercopa de Italia. Brasil lo llamó para dos Mundiales. Todo en su carrera crecía hacia arriba.

Pero el 22 de enero de 2013, en una discoteca de Milán, Robinho y otros cinco hombres violaron a una joven albanesa de 22 años. Ese fue el dato que la fama no logró tapar.
En 2017 un tribunal de Milán lo condenó a nueve años de prisión. La Corte de Apelación confirmó la sentencia en 2020: dijo que había humillado brutalmente a la víctima. En 2022 quedó firme.
Brasil no extradita a sus ciudadanos, así que Robinho siguió libre, entrenando en Santos, viviendo como si nada. Pasaron once años desde el crimen.

El 20 de marzo de 2024, el Superior Tribunal de Justicia de Brasil votó nueve a dos: la condena italiana se cumpliría ahí mismo. Al día siguiente la Policía Federal lo detuvo y lo llevó a Tremembé, la cárcel que Brasil reserva para sus presos más famosos.
Hoy Robinho entrena a otros reclusos en una cancha de cemento. El hombre que jugó con Cristiano Ronaldo y Kaká ahora dirige partidos entre rejas.
Hay glorias que el tiempo no borra. Y hay culpas que tampoco.
