Rogelio Salazar tenía 67 años cuando empezó a temerle a la comida.

Cada bocado se volvía una amenaza. Tosía, sentía que algo se le atoraba en el cuello, y horas después de cenar la comida volvía sin haberse digerido. Su familia lo notaba: las cenas, que antes eran momento de charla, se llenaron de silencio y miradas de preocupación mientras él comía cada vez más despacio, más asustado.

Los médicos probaron con reflujo, gastritis, faringitis. Nada funcionaba. Hasta que uno de ellos pidió un esofagograma, y ahí apareció la respuesta: una bolsita en la parte alta de su esófago donde se acumulaba comida y saliva, un divertículo de Zenker. Por fin tenía nombre lo que durante meses solo había sido miedo a la mesa.

