
Todos los equipos del mundo tienen una regla: el día del partido, el grupo va junto. Romário nunca la entendió.
En su texto “I Am Romário”, publicado en The Players’ Tribune , el campeón del mundo de 1994 lo cuenta en primera persona. A veces se quedaba en casa, lejos del resto del equipo. Y suelta la frase que se hizo famosa: si se despertaba con ganas, tenía sexo con su mujer y después iba al partido. En el campo, dice, se sentía más tranquilo y ligero.
No lo presenta como un consejo. Lo presenta como lo que él es: “Hay que hacer lo que a uno le funciona”.
Y hay una escena que lo pinta entero. Antes de un partido contra el Fluminense, había decidido no jugar. Mientras su equipo se concentraba 24 horas antes, él pasó el día en la playa. Después cambió de idea. Llegó al Maracaná cuando los demás ya habían calentado, entró al vestuario sacudiéndose la arena y salió a la cancha.
Ese era Romário. Un tipo que no cabía en ningún manual, pero que cuando pisaba el área hacía lo que casi nadie puede.
Los entrenadores sueñan con jugadores que obedezcan. Las tribunas se acuerdan de los que llegan con arena en los zapatos y deciden el partido.
