Corría el año 1816 y un médico francés estaba a punto de pasar mucha vergüenza.
René Laënnec ejercía en París cuando una joven llegó a su consultorio con síntomas cardíacos. El protocolo de la época era simple pero incómodo: el doctor debía apoyar la oreja directamente sobre el pecho de la paciente para escuchar los latidos. Laënnec miró a la joven, calculó la situación y decidió que ese día la ciencia iba a tener que esperar a que él dejara de sentir pánico social. “Su edad y su sexo no me permitían usar el método tradicional”, explicó después, como quien confiesa que prefirió cualquier cosa antes que quedar como un atrevido.

Lo que vino fue puro ingenio de emergencia: tomó un fajo de papeles, lo enrolló hasta formar un tubo y apoyó un extremo en el pecho de la joven y el otro en su oreja. Los latidos se escucharon más nítidos que nunca. La vergüenza de un solo hombre terminó regalándole a la medicina el estetoscopio, y de paso salvó a generaciones enteras de médicos de tener que acercarse demasiado a sus pacientes. 🤭
