Sally y Ray McNeil parecían indestructibles. Ex marines, fisicoculturistas profesionales, la pareja perfecta para el mundo de afuera.

Adentro de esa casa en California había otra historia. Ray abusaba de esteroides y sufría episodios de furia incontrolable que descargaba a golpes contra Sally, una y otra vez, mientras los celos y las infidelidades pudrían todo lo demás. La noche de San Valentín de 1995, después de que ella lo acusara de tener otra mujer, Ray empezó a asfixiarla. Sally corrió al dormitorio, tomó la escopeta de la familia y le disparó en el abdomen.

Ahí no terminó. Volvió por otro cartucho, recargó el arma y le disparó de nuevo, esta vez en la cara. “Acabo de dispararle a mi marido porque me estaba dando una paliza”, dijo entre llantos al 911. La fiscalía sostuvo que ese segundo disparo, con Ray ya en el suelo, borraba cualquier defensa propia. Sally fue condenada por asesinato en segundo grado. Pasó 25 años en prisión y salió en 2020, cuando ya nadie podía devolverle nada de lo perdido.

