Tenían 15 y 17 años, estaban en el vestíbulo del Royal Hawaiian Hotel de Waikiki y, en lugar de admirar la escultura de arena que decoraba el espacio, decidieron destruirla. Las cámaras de seguridad lo captaron todo: una de ellas saltó la barrera de cristal, le arrojó objetos a las figuras, las golpeó con una almohada y destrozó con sus propias manos el rostro y la cabeza de las piezas. La otra, mientras tanto, grababa cada segundo con su teléfono.

El incidente ocurrió en agosto de 2019 en Honolulu, Hawái. Ambas menores, residentes de Oahu, fueron arrestadas y enfrentaron cargos por daños a la propiedad y allanamiento de morada. Pero las consecuencias no terminaron ahí: el Royal Hawaiian tuvo que costear el vuelo de un artista especializado desde Florida para restaurar la obra que las adolescentes redujeron a escombros en cuestión de minutos.

Lo que más indigna no es solo la destrucción, sino la frialdad con la que fue ejecutada y documentada. No fue un accidente ni un acto impulsivo sin registro — fue premeditado, filmado y casi celebrado. Una obra que alguien construyó con precisión artesanal, eliminada por quien ni siquiera tuvo que asumir el costo real de lo que hizo.
