Samantha Redding tenía 20 años y conocía a ese perro desde que era cachorro.

Era un cruce de mastín español con Akita cabezudo, propiedad del padre de una amiga suya, en Reino Unido. En enero, durante una visita breve a esa casa, el animal se acercó, gruñó y en cuestión de segundos le desfiguró el rostro. Samantha recuerda poco: el gruñido, el dolor, y después la traqueotomía de urgencia.

Desde entonces su vida son injertos de piel de brazo y pierna, cicatrices en cara, cuello, garganta y daño nervioso que llegó hasta sus encías y dientes. Las cirugías se repiten cada ocho semanas para proteger el injerto, y todavía le esperan al menos tres más, incluida una para remodelar su labio. Durante cinco semanas no dejó que sus hermanos pequeños la vieran: no quería asustarlos con lo que quedó de su cara.

