Lionel Andrés Messi ya ganó todo lo que un futbolista puede soñar: ocho balones de oro, un Mundial, más de 800 goles. No le queda nada que demostrarle a nadie.

Y aun así, cada vez que anota, hace lo mismo que hacía en Rosario cuando era un niño sin nombre: levanta los dedos al cielo. En sus momentos más altos se le ha visto de rodillas, agradeciendo, no presumiendo. “Sabía, sentía que Dios tenía algo preparado para mí”, confesó sobre el final de su carrera como atleta profesional.

Si el que lo tiene todo vive agradeciendo. A veces esperamos el carro nuevo o el gran logro para dar gracias, y se nos olvida valorar la salud, la familia, un día más de vida. Messi también habló de sus derrotas: “Con el tiempo se aprende… te hacen crecer”. Tal vez esa sea la verdadera copa que nadie ve.

