Miren estas dos fotos. El mismo hombre, la misma camiseta, dos vidas de distancia.
A la izquierda, un pibe de 18 años, el pelo mojado, la mirada tímida, el número 18 en la espalda. Recién llegaba. El mundo todavía no sabía lo que tenía entre manos. Él tampoco imaginaba todo lo que vendría: las alegrías, sí, pero también los golpes, las lágrimas, las noches en que pensó en dejarlo.
A la derecha, el 10. La barba, las arrugas, la mirada de quien ya lo vio todo. El hombre que cargó a un país durante dos décadas, que perdió y se levantó mil veces, que aguantó las críticas más crueles hasta callarlas con gloria.
Entre una foto y la otra hay una vida entera. Hay finales perdidas y una final ganada. Hay un llanto en el Maracaná y otro de felicidad en Qatar. Hay millones de niños que nacieron sabiendo que existía Messi, sin conocer un mundo sin él.
Y lo más hermoso: en las dos fotos hay la misma cosa. El mismo amor por esa camiseta. El mismo pibe de Rosario que solo quería jugar a la pelota.
Hoy se despide de los Mundiales. Pero estas dos imágenes lo dicen todo: fue fiel hasta el final. Le dio la vida entera a la albiceleste, del primer día al último.
Gracias por acompañarnos toda una era, Leo. Te vimos crecer. Te vimos ganar. Te vimos llorar. Y te amamos en cada versión.
Del 18 al 10: gracias por tanto. 🐐🇦🇷
