Landricia tenía 18 meses cuando se la llevaron.
Fue de madrugada, a finales de mayo, en las afueras de Toliara, al sur de Madagascar. Tres hombres entraron a la casa de Nicole Soalala, uno con un hacha y otro con un trozo de madera. Golpearon a su marido hasta dejarlo inconsciente y le arrancaron a la niña de los brazos. Landricia tenía albinismo.
Días después, su cuerpo apareció en la casa de un curandero. La cabeza estaba en bolsas de plástico dentro de una maleta, a dos kilómetros de su hogar.

La razón es una superstición: se cree que los ungüentos hechos con partes del cuerpo de una persona con albinismo, sobre todo los ojos, traen riqueza y buena fortuna. Y que los niños, por su inocencia, potencian el efecto.
Según una investigación de The Guardian, 2026 ya es el peor año de ataques en Madagascar: 13 personas asesinadas, todas decapitadas. La organización Albinos Madagascar confirmó que diez eran menores de edad.
Los ataques, antes concentrados en zonas rurales empobrecidas, ya llegaron a las ciudades del sureste, el oeste y el norte del país.

