Sergi no tenía planeado estar ahí. La invitación llegó la noche anterior, de forma inesperada, a través de un voluntario vinculado al grupo JEPI.
Él y su novia María habían vuelto agotados del encuentro con el Papa en el Estadio Olímpico de Barcelona y dudaron en repetir la aventura al día siguiente en el Santuario de Montserrat.

Pero fueron. Y cuando el Papa León XIV pasó en el papamóvil, Sergi sacó su rosario con una sola idea en mente: conseguir una bendición. El pontífice se lo quedó. Minutos después, para su asombro total, vio al Papa rezar con ese mismo rosario entre sus manos durante la visita al santuario.

Cuando terminó el evento, fue María quien tuvo la idea de intentar recuperarlo. Sergi corrió por toda la bajada, estuvo a punto de rendirse, pero ella lo animó a seguir.
La caravana de seguridad no podía detenerse, así que tomó la única decisión posible: gritarle al Papa que se lo tirara. Y así fue. El rosario volvió a sus manos, ya rezado por el Papa.
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