Sabrina no tenía plata para pagar un auto. Así que cargó el primer bolso de ropa al hombro y caminó diez cuadras, desde su casa en Villa Luzuriaga hasta la de una vecina. Después volvió caminando otra vez, para devolverlo limpio.
Necesitaba un trabajo que no la alejara de sus hijos. Melissa, la mayor, tiene autismo y trastorno específico del lenguaje: hace terapia tres veces por semana, con cinco tratamientos distintos. Un empleo de horario fijo era imposible.

“Si no era lavar ropa, era otra cosa, pero algo tenía que hacer para poder solventar todos los gastos”, contó a Telenoche.
Empezó con los vecinos del barrio. Después llegaron los grupos de Facebook, y con ellos, los pedidos. Hoy lava hasta cinco tandas por día, cobra 10 dólares por cada diez kilos, y hasta le encontró la vuelta a la lluvia: suavizante con vinagre de alcohol para que la ropa vuelva a oler a limpio.

“Con esto pagamos la comida, las cosas, todo”, dice.
Todavía reparte pedidos caminando por el barrio. Ahora sus hijos la acompañan. El lavarropas sigue siendo el mismo. Lo que cambió es todo lo demás.

