Dámaris no tenía trabajo. Tenía dos hijos pequeños, un bebé de cuatro meses y un nene de tres años y medio, y necesitaba algo flexible que le permitiera cuidarlos sin dejar de generar ingresos.
En Cipolletti, Río Negro, se le ocurrió algo simple: ofrecer revisar el pelo de los chicos con peine fino y sacarles piojos y liendres, a domicilio o en su propia casa. Publicó la idea en Facebook sin muchas expectativas, y el posteo se volvió viral. Le llovieron mensajes de felicitación de gente que celebró su iniciativa.

Hoy cobra entre 20 y 25 dólares según el largo del cabello de cada niño. Ella misma es honesta con sus clientes: aclara que el servicio no garantiza que el piojo no vuelva a aparecer, pero sí resuelve el problema del momento. Una changa nacida de la necesidad que terminó convirtiéndose en su sostén.

