A medianoche del 5 de marzo de 2000, Inés Ramírez Pérez llevaba 12 horas de dolor sin pausa.
Vivía en una aldea de montaña de Oaxaca, sin luz, sin agua corriente y a ocho horas en coche del hospital más cercano. No tenía estudios de medicina. No había un adulto a su lado. Y ya había perdido un bebé en un parto anterior.
Se sentó en un banco y bebió tres vasos pequeños de licor fuerte. Tomó un cuchillo de cocina de 15 centímetros.

Necesitó tres intentos para abrirse el abdomen. La herida mide 17 centímetros, mucho más que los 10 de una cesárea normal. Trabajó cerca de una hora hasta sacar a su hijo.
Según el médico que después la atendió, el niño respiró enseguida y lloró.
Antes de desmayarse, le pidió a uno de sus hijos que fuera por una enfermera. La mujer cosió la herida con aguja de coser e hilo de algodón. Después los llevaron al hospital.

El caso lo contó en 2004 el doctor R.F. Valle en una revista médica. Los casos así suelen terminar con la muerte de la madre, del bebé o de los dos.
Esta vez, los dos vivieron.
Hay mujeres que no esperan el milagro: lo cortan con sus propias manos.

