En Los Ángeles, California, un gatito naranja fue abandonado cuando apenas era un bebé y terminó sin orejas ni dientes.
Se mantuvo vivo buscando comida entre la basura y formó una mirada triste y esquiva, como si ya no esperara nada de nadie. Una vecina empezó a dejarle alimento hasta que se dio cuenta de que el gatito necesitaba algo más que sobras: necesitaba ayuda urgente.
Sin dientes, sobrevivir era cosa de vida o muerte. Los felinos los utilizan para sujetar y desgarrar a sus presas y procesar el alimento, herramientas que este gato simplemente no tenía.


La vecina llamó al refugio de animales “Hope For Paws”, pero había un problema. Nadie sabía cómo reaccionaría un gato que no podía mostrar sus orejas para advertir miedo o agresión. Para sorpresa de todos, se dejó tomar en brazos sin pelear.
En la clínica llegaron las noticias difíciles: Ares dio positivo a inmunodeficiencia felina, una enfermedad sin cura comparable al VIH humano. Tenía un microchip, pero pertenecía a un programa comunitario, no a un dueño real. Estaba solo, otra vez. El refugio temía que nadie quisiera adoptar a un gato con tantas condiciones de salud.
Pero una de las rescatistas no pudo apartar la mirada de él. Se lo llevó a casa sin pensarlo dos veces. Hoy Ares descansa en un sofá, come cuando quiere y ya no tiene que esconderse de nadie.

