Stacy Márquez tenía 15 años cuando su vida se partió en dos.

Era el 20 de febrero de 2010 y viajaba en una camioneta con su mejor amiga de la infancia por las afueras de Anáhuac, Chihuahua, México. El vehículo volcó y chocó contra unos postes de electricidad. Su amiga quedó atrapada, Stacy intentó sacarla y una explosión la dejó con quemaduras graves en el rostro y gran parte del cuerpo. Su amiga murió.

Vinieron los hospitales, tratamientos dolorosos y atención especializada en Estados Unidos. Perdió parte de sus dedos y tuvo que aprender a mirarse en un espejo que ya no le devolvía el rostro que recordaba. Más duras que las cicatrices fueron las miradas, las burlas y la voz propia que durante años le repetía lo peor.

Por eso hoy, cuando alguien le escribe que sería más bonita sin las quemaduras o “que se tape la cara”, ella responde sin levantar la voz: “No me insulten, eso ya no me afecta porque esos insultos yo ya me los he dicho todos, y gracias a Dios ya lo superé”. Dice que a la adolescente que fue no la juzgaría: la abrazaría. Hoy baila, sonríe y agradece estar viva.
