Sam Aldabbagh se sentó en esa banca como si el tribunal fuera un set de casting.
Era 2019, y el dueño del club de striptease Can Can Room enfrentaba una demanda de The Siegel Group, la inmobiliaria que había comprado el edificio donde funcionaba su negocio en Las Vegas.

Lo acusaban de operar un burdel ilegal, de exigir acto a las bailarinas y de tener salas VIP con camas para transacciones. Su abogado salió a defenderlo llamándolo “hombre de familia” y negando todo.
El juez Mark Denton eliminó parte de esas acusaciones en una audiencia el 16 de diciembre, pero dejó vivo el caso por incumplimiento de contrato, así que el juicio seguiría su curso.

Nadie sabía en ese momento que la verdadera noticia sería otra: la peluca, los lentes dorados y esa cara de indiferencia absoluta que convirtieron a Aldabbagh en el personaje más memeado de Las Vegas.
