Charo Vargas no pide permiso para pensar distinto.


Es abogada, especialista en Derecho de Familia, y trabaja en el Departamento de Investigaciones del Comité Nacional de Víctimas de la Guerrilla. Desde ahí construyó su voz pública: una joven que se declara sin vueltas anticomunista, antiprogresista y antifeminista, y que remata cada intervención con la misma frase, como un sello personal: “una mujer libre”.


En un ambiente donde se asume que ser joven es sinónimo de ser de izquierda, ella eligió el camino contrario y lo dice en voz alta, sin pedir disculpas ni matizar. Esa combinación —juventud, profesión, convicción religiosa y política de derecha— es justo lo que la volvió un imán de reacciones.


Unos la aplauden como ejemplo de pensamiento crítico.
Otros la acusan de repetir discursos que atentan contra derechos ganados durante décadas.
Lo que nadie discute es que su declaración no dejó a nadie indiferente.
