A los cuatro años, Coral Renaie ya sentía vergüenza de su propio cuerpo.

En Kansas, Estados Unidos, una mancha oscura en su cuello hizo que un desconocido le dijera que se restregara la piel en la bañera porque pensaba que estaba sucia. Fue el primer golpe de muchos. A los nueve años le salieron patillas espesas, y a los doce ya se afeitaba la cara todos los días, convencida de que era la única forma de sobrevivir al síndrome de ovario poliquístico que le cambiaba el cuerpo desde niña.

Durante 16 años se afeitó para los demás. Hoy, a sus 30, dejó las máquinas de afeitar para siempre y su barba mide diez centímetros. Recibe insultos de extraños que le sacan fotos en la calle y le preguntan qué es. Pero también tiene a Illias, su novio de 25 años, que la ama exactamente así, y a su madre y sus sobrinas, que la animan sin parar. Ella lo resume simple: es solo pelo, y por fin se siente cómoda en su propio cuerpo.


