Casey Gould, de 35 años, recuerda lo último antes de que todo se apagara. Rogarle a su equipo médico que salvara a su bebé. Dos días después, al abrir los ojos en terapia intensiva, estaba segura de que lo había perdido.

Un parto de 36 horas terminó en cesárea de emergencia, una hemorragia, transfusiones de sangre y un paro cardíaco. Los médicos le diagnosticaron miocardiopatía periparto, una falla cardíaca poco común ligada al embarazo, y la mantuvieron con soporte vital en coma inducido durante dos días.

Mientras tanto, su esposo Ben Rosenberger tomó una decisión que nadie cuestionó: que ningún otro brazo sostuviera a su hijo Archer hasta que ella pudiera hacerlo. Cuando Casey despertó, él lo colocó sobre su pecho. “Fue como estar completa”, dice ella. Meses después, al ver las fotos de esos dos días perdidos, entendió cuánto había luchado su marido por los dos.

