John Chhan abre su tienda de donas todos los días antes del amanecer. Lo hace desde 1990, en Seal Beach, California, en el mismo local donde él y su esposa Stella empezaron de cero después de llegar como refugiados de Camboya en 1979.
Durante casi treinta años, los clientes entraban, pedían una dona, dos, tal vez tres, y se iban. Stella siempre estaba detrás del mostrador, saludando a cada uno por su nombre.

En septiembre de 2018, Stella sufrió un aneurisma cerebral. La internaron en un centro de rehabilitación. John empezó a cerrar la tienda tarde, agotado, sin tiempo para llegar a verla.
Sus clientes lo notaron. Notaron la ausencia detrás del mostrador y notaron el cansancio en la cara de John.

Una clienta habitual, Dawn Caviola, tuvo una idea simple: si compraban docenas enteras cada mañana en lugar de una dona suelta, John podría vender todo temprano y cerrar antes. Lo publicó en redes sociales. La idea corrió por Seal Beach como corre el aroma de una tienda de donas recién hechas. Al poco tiempo, la gente empezó a llegar pidiendo una docena, dos docenas, a veces más de las que necesitaba. Marc Loopesko, cliente desde hacía dieciocho años, lo resumió así: “la comunidad se unió”. John intentó rechazar una recaudación de dinero que le ofrecieron. Dijo que tenía suficiente, que solo quería una cosa: más horas junto a Stella. Se las dieron, dona por dona, docena por docena, cada mañana. Con el tiempo, Stella recuperó el habla, volvió a escribir, volvió a comer sola.
A veces el amor de un pueblo entero cabe en una caja de doce.

