El 20 de septiembre de 2002, Jean-Claude Godrie, un arquitecto francés de 57 años, intentó asesinar a su esposa, Chantal, en medio de una grave crisis económica.
Le disparó con un rifle de caza mientras dormía. Su hijo intervino antes de que el hombre también se quitara la vida.
Chantal sobrevivió, pero perdió la vista. Pese a ello, decidió defender al hombre con quien llevaba 37 años casada.

«Sé que no quería asesinarme, estaba desesperado», declaró ante el tribunal.
Su abogado fue todavía más lejos: «¿Estamos seguros de que al condenar a Jean-Claude no castigaríamos al menos en igual medida a Chantal?».
Pero el fiscal rechazó aquella justificación: «¿Con qué derecho puede alguien atribuirse el poder de decidir sobre la vida o la muerte de otros?».
Durante el juicio de 2004, la defensa insistió en el amor que todavía unía al matrimonio.
«El amor es más hermoso que el crimen», sostuvo el abogado de Jean-Claude.

Finalmente, el hombre fue declarado culpable de intento de asesinato, pero recibió cinco años de prisión suspendida, con supervisión judicial.
Chantal lo había perdonado. La justicia lo condenó, pero le permitió salir del tribunal en libertad.
Al escuchar la sentencia, ambos se abrazaron entre lágrimas.
