
Louie dejó de tener acceso a las ligas para cabello hace dos años. Su dueña había notado que solía comérselas y el veterinario le dijo que era muy peligroso, así que ella dejó de usarlas.
Pero un año atrás, algo cambió: el gato empezó a vomitar de vez en cuando después de comer. Nada constante, nada alarmante. Iba al baño sin problemas y comía con el mismo apetito de siempre, así que ella pensó que simplemente era cosa de gatos.
Hasta que los vómitos se volvieron diarios y Louie amaneció decaído. En la clínica de emergencia, el diagnóstico dejó a todos sin palabras: su estómago guardaba 35 ligas de pelo, acumuladas quién sabe desde cuándo.


Necesitó cirugía y hoy se recupera bien, pero su historia quedó como advertencia para cualquier dueño de gato.


