Charlotte tenía apenas 4 años cuando le colocaron su primer implante coclear. Su padre, Alistair Campbell, notó algo que le partió el corazón: la niña no quería que se le viera el aparato encima de la oreja izquierda.

Así que hizo algo que nadie esperaba; se afeitó la cabeza por completo y se tatuó, en el mismo lugar exacto donde ella lleva el suyo, un implante idéntico.

Cuando Charlotte lo vio por primera vez, no dijo nada. Solo lo tocó, y se rió.

En su familia la sordera es hereditaria, así que Campbell sabía que este no sería el último implante que vería crecer bajo su techo.

Por eso prometió algo más: cada vez que su hija lo necesite, volverá a raparse y a tatuarse de nuevo, sin pensarlo dos veces.
