Jamie-Lee Arrow tenía nueve años cuando entendió que ir a casa de su padre era como entrar en una película de terror.
En el podcast “Tenía la duda” de la española Judith Tiral, la joven fue invitada a contar cómo fue ser hija de un asesino caníbal. Sin embargo, lo más aterrador no fue el crimen, sino cómo el trato de manipularle dentro del hospital psiquiátrico.
Sus padres se habían separado y su vida se partía en dos casas. En la de su papá, Isakin Drabbad hablaba del diablo, de demonios y de espíritus malignos. Se tumbaba con ella en la cama, a oscuras, y le preguntaba: “¿Ves las caras en la pared?”. Lo repetía tanto que la niña terminaba viéndolas.


En noviembre de 2010, en Skara, Suecia, Jamie estaba sentada a la mesa cuando Helle Christensen, su madrastra y la mujer a la que consideraba una segunda madre, le sirvió la comida y le susurró: “Disfruta de tu comida, porque esta es la última vez que cocinaré para ti… porque Isakin me va a matar”.
Esa vez fue la última vez que la pequeña Jamie la vio.

Tras una discusión de casi un día entero, Isakin acabó con su vida. Según los reportes, cocinó parte del cuerpo con sal y hojas de cannabis, y se la comió. Confesó el asesinato y el canibalismo, y en 2011 fue internado en una institución psiquiátrica.
Pero estar encerrado no impidió que siguiera atormentando a su hija.
Jamie sufrió acoso en la escuela por el crimen que su padre había hecho; sin embargo, ella continuó visitándolo por años. Según contó, las palabras de su padre habían sido su “ley” desde pequeña: llegó a describirlo como una especie de dios para ella.
Pasó por adicciones y dejó la escuela a los 15 años, aferrándose a su padre, que buscaba enseñarle cómo manipular a los demás y convencerla de que todos la odiaban. En sus propias palabras, él busca convertirla en una pequeña psicópata y que ambos fueron solo ellos dos contra el mundo.
Recién alrededor de los 17 años comenzó a cuestionarlo, cuando Isakin empezó a decirle que le estaban creciendo cuernos y le pedía que tocara su cabeza para sentirlos. Jamie no sentía nada y por primera vez se preguntó si su padre estaba loco.

Para entonces, sin embargo, su influencia todavía era enorme. Jamie recuerda que atravesaba un momento extremadamente vulnerable al querer terminar con su vida y acudió a él buscando ayuda. Su padre le dijo que existía “una sola solución” para que pudiera ser feliz y poderosa: venderle su alma al diablo.
Ocurrió, según su relato, dentro de la propia institución psiquiátrica. En la sala de visitas, Isakin le pidió que cerrara los ojos, tomara su mano y repitiera unas palabras dirigidas al diablo. Cuando terminaron, le dijo: “Ahora eres libre, Jamie”. Luego le preguntó si podía sentir a los demonios rodeándolos y le aseguró que algún día comenzarían a hablarle.
Jamie regresó a casa aterrorizada. Dice que las palabras de su padre se repetían una y otra vez en su cabeza. Se tapaba los oídos para no escuchar nada y miraba a su alrededor por miedo a comenzar a ver aquello que él le había prometido. Terminó abrazándose a sí misma, temblando y prácticamente incapaz de hablar o respirar. Estaba convencida de que estaba perdiendo la razón.
Finalmente se lo contó a su madre: “Papá vendió mi alma al diablo. Es demasiado tarde. No hay vuelta atrás”. Su madre la abrazó y le respondió algo que Jamie necesitaba escuchar desde niña: ella nunca tendría que convertirse en la oscuridad de su padre.
Jamie sobrevivió al asesino. Sin embargo, tardó muchos más años en escapar del mundo de demonios que su propio padre había construido dentro de su cabeza.
