A los seis meses, un tumor le cubría más de la mitad de la cara a Nguyet. En la aldea vietnamita de Phuc Nam nadie quería mirarla. Su madre, Lam, la paseaba siempre tapada para esquivar las caras de horror.
Pero la foto de esa bebé viajó muy lejos. Un jardinero la mostraba una y otra vez en Dadeville, Alabama, y casi nadie reaccionaba. Hasta que la vio Patti Maxey, una azafata jubilada.
“Si no hago algo, la niña morirá”, pensó.

No se rindió. Lanzó una campaña para reunir dinero y buscó ayuda donde pudo. Fue la ONG Mending Kids, de San Francisco, la que rastreó por el mundo equipos capaces de enfrentar un caso así. La respuesta apuntó a Madrid.
Madre e hija, que nunca habían salido de su aldea, volaron 14.000 kilómetros desde Hanói. En la Terminal 4 de Barajas las esperaba Patti, que las acompañó pagando sus propios gastos.

En el Hospital Gregorio Marañón confirmaron el diagnóstico: un hemangioma facial gigante. Después vinieron cuatro operaciones delicadas. Reconstruyeron párpados, nariz, labios y mejilla, y recuperaron el pelo.

La cirujana Beatriz Berenguer lo cuenta con una sonrisa: la madre le dice que Nguyet ahora es más extrovertida, que juega con otros niños y que ya nadie se da la vuelta con horror. Hablan vietnamita, pero se entienden con el traductor de Google.
La niña a la que nadie quería mirar hoy se deja mirar.

