Kelly Mann pensó que tenía la peor conjuntivitis de su vida.
Sus ojos se enrojecían, las gotas no funcionaban, y el problema desaparecía y volvía en ciclos extraños durante casi dos meses. En Abilene, Texas, esta profesora universitaria y madre de tres hijos no imaginaba que su cuerpo le estaba enviando una alerta silenciosa. Todo cambió una noche viendo televisión, al rascarse el brazo, sintió un bulto. Al día siguiente fue al médico, y tras una mamografía y una biopsia, a los 35 años recibió el diagnóstico, cáncer de mama en etapa 2, con un tumor que había crecido de indetectable a 2.5 centímetros en apenas seis semanas.

Un oftalmólogo amigo suyo le dio la explicación. No era conjuntivitis, sino episcleritis, una inflamación ocular que en raros casos se asocia a enfermedades como el cáncer. “Tu ojo, siendo un órgano, responde de maneras únicas a lo que pasa en tu cuerpo”, explica Mann. Hoy, después de quimioterapia, mastectomía y terapias dirigidas, comparte su historia para que otras mujeres reconozcan señales que la medicina tradicional aún no logra explicar del todo.

