

Eran las tres de la mañana cuando el teléfono sonó en un estudio de grabación de Hawái. Del otro lado, Israel Kamakawiwoʻole pedía un favor simple: quería grabar una idea antes de que se le escapara.
El ingeniero Milan Bertosa le dio quince minutos para llegar. Israel llegó con lo único que necesitaba: su voz y un ukelele.
No hubo ensayos ni segundas tomas. Cantó de corrida su versión de “Over the Rainbow”, fusionada con “What a Wonderful World”, dos canciones que no había escrito él, pero que hizo completamente suyas. Bertosa lo recordaría después como un hombre dulce, educado y bueno. Y quizá parte de la magia de aquella grabación estaba precisamente ahí: en una voz capaz de transmitir calidez con una sencillez extraordinaria.
Aquella grabación quedó guardada durante cinco años. Nadie corrió a publicarla. Recién en 1993 el productor Jon de Mello la rescató para incluirla en Facing Future.
La canción se fue abriendo camino despacio, casi en silencio, hasta sonar en películas, series y radios de medio mundo. En la grabación incluso se escucha de fondo su respiración. Nada más que eso: un hombre, su ukelele y el aire entrando y saliendo de sus pulmones.
Con los años, esos mismos pulmones se le fueron complicando. Israel cargaba una obesidad severa que le trajo problemas respiratorios cada vez más serios, hasta que murió en 1997, a los 38 años.

No llegó a ver lo que su voz provocaría en el mundo. No supo que, décadas después, aquella grabación sería incorporada al Registro Nacional de Grabaciones de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
Pero la canción siguió sonando. Y sigue sonando.
Israel murió sin saber hasta dónde llegaría aquella canción. Pero su voz nunca dejó de viajar. Cada vez que alguien escucha por primera vez “Over the Rainbow”, aquella madrugada de 1988 vuelve a comenzar.

