Durante años, lo primero que veían los demás era su marca de nacimiento.

Las burlas llegaron temprano y se quedaron. Cada mirada de reojo, cada comentario disfrazado de curiosidad, le enseñó a esconderse antes de que alguien pudiera señalarla. La marca era parte de su piel, pero ella creció creyendo que era algo que debía justificar.

Con el tiempo, algo cambió. No fue de un día para otro ni por un solo momento mágico: fue una suma de pequeñas decisiones. Dejó de taparla, dejó de pedir perdón por existir tal como es y empezó a contar su historia en voz alta, la misma que antes le daba miedo pronunciar.

Hoy habla del tema con la tranquilidad de quien ya no pelea contra su reflejo. Y su mensaje para quienes pasan por lo mismo es simple: lo que otros usaron para herirla se convirtió en la parte de ella que más la define.
