El día que Sienna cumplió dos años, en octubre de 2015, terminó en una cama de hospital con un suero en el brazo. Había dejado de comer.

Todo empezó con unas úlceras en la boca que, según su madre, aparecieron de la nada. En poco tiempo se extendieron por las mejillas y por encima de los ojos hasta que, en palabras de Savina French-Bell, de 21 años, parecía que alguien le hubiera echado ácido en la cara. Los médicos diagnosticaron herpes, un virus que, según el relato de la familia, la niña habría contraído al besar a un familiar.

Las noches eran las peores. Su piel se pegaba a las almohadas y siempre había sangre. Savina lavaba las sábanas a diario, tiraba la ropa manchada y trataba de impedir que la niña se rascara, aunque Sienna buscaba cualquier sofá para frotarse la cara. Ocho meses de antibióticos no lograron frenar la infección. Los doctores, cuenta ella, no tenían ni idea de qué la había provocado, y el eccema grave de la pequeña complicaba aún más las cosas.

La mejoría llegó cuando le recetaron flucloxacilina para tratar ese eccema. Desde entonces, la infección no ha vuelto. Hoy Savina puede salir a la calle sin escuchar comentarios hirientes, y quienes antes trataban mal a su hija ahora se quedan impresionados al ver cómo sanó su rostro.
