El 9 de septiembre de 2007, Britney Spears subió al escenario de los MTV Video Music Awards en Las Vegas para hacer lo que nadie más podía hacer por ella: volver.
Venía de un divorcio de Kevin Federline, de una pelea dura por la custodia de sus dos hijos, y de un año que la había exhibido entera frente al mundo. Tenía 25 años. Cantó “Gimme More” con un bikini negro de lentejuelas.

Al día siguiente, nadie hablaba de su regreso. Hablaban de su abdomen.
Los titulares se burlaron de su cuerpo. CBS News se preguntó, días después, si era justo juzgarla así, en plena época en que Hollywood era señalado por imponer cuerpos casi esqueléticos como modelo a seguir. La contradicción quedó ahí, expuesta: se criticaba la delgadez extrema, y al mismo tiempo se castigaba a una madre reciente por no tener el vientre marcado de antes.

Años después, en sus memorias, Britney contó que su equipo la empujó a salir esa noche aunque no se sentía bien, que no había dormido, que hubo problemas con el vestuario. Y que la gente actuaba como si no tener abdominales, apenas un año después de dar a luz, fuera una ofensa.
7.1 millones de personas la vieron esa noche. Fue el programa más visto del año en su franja.
A nadie le importó cuánto le había costado llegar hasta ahí.

