Un llanto salía de una alcantarilla en Newlands East, cerca de Durban, Sudáfrica.
Así la encontraron. Nadie sabía que ahí abajo, a más de siete metros de profundidad, había una bebé recién nacida.

Alguien la había dejado dentro de una tubería de aguas de lluvia. Tenía solo horas de vida.
Un vecino escuchó el llanto saliendo de la boca de la alcantarilla y llamó a emergencias. Llegaron decenas de rescatistas.

Cavaron una zanja a mano. Apuntalaron las paredes de tierra para que no se derrumbaran. Algunos vecinos corrieron a sus casas y volvieron con puertas de gabinetes de cocina para reforzar el hoyo.
Con cincel y martillo rompieron la tubería de concreto, centímetro a centímetro, durante casi cuatro horas.
Garrith Jamieson, de Rescue Care Paramedics, dirigió la operación. Nadie se movió de ahí hasta sacarla.
La subieron en helicóptero al hospital Inkosi Albert Luthuli. Solo tenía hipotermia leve y unas raspaduras.

El doctor Sibongiseni Dhlomo, funcionario de salud de la región, lo dijo así: fue un milagro.
La policía abrió una investigación por intento de homicidio. Hasta hoy no se sabe quién la dejó ahí.
Alguien la abandonó bajo tierra. Otros, sin conocerla, se negaron a dejarla morir.
