Hailey Fort tenía cinco años cuando vio a un hombre sentado solo en una calle de Washington. Le preguntó a su mamá si podían ayudarlo. Su mamá dijo que sí.
El hombre se llamaba Edward. Había perdido su empleo en un supermercado y vivía en la calle. Aquel día, Hailey le llevó un sándwich. No sabía que ese gesto iba a marcar los próximos cuatro años de su vida.

Empezó a cultivar frutas y verduras en el huerto de su casa. Las repartía en el banco de alimentos de su comunidad. En un año llegó a donar cerca de 58 kilos de comida cultivada por ella misma.
Pero a Hailey no le bastaba con alimentar. Quería que Edward tuviera un techo. Con ayuda de sus padres, de su abuelo (contratista en Arizona) y de una donación de 3.000 dólares, empezó a construir minicasas móviles con materiales reciclados: aislamiento de mezclilla, piso de vinilo, ventanas, una puerta con llave y una lámpara solar.

La primera fue para Edward.
“No me parece justo que haya personas sin hogar”, dijo Hailey. “Creo que todos merecen un lugar donde vivir”.
Tenía nueve años cuando lo dijo. Y ya lo estaba haciendo.

