Había nacido el 31 de marzo. Dos días después, alguien lo puso dentro de una mochila y lo dejó bajo las ruedas de un camión estacionado en las afueras de La Vega Central, en Recoleta, Santiago.
No lloraba para llamar la atención. Lloraba porque era lo único que sabía hacer.
Un transeúnte escuchó ese llanto. Alertó a Carabineros. Los uniformados abrieron la mochila y ahí estaba él, de dos días de vida, sin lesiones, sin nombre conocido aún, sin nadie.
Lo trasladaron al Hospital Roberto del Río.
Cuatro meses después, existe una foto. Un médico de turno lo sostiene entre sus brazos. El bebé descansa sobre ese pecho con la confianza absoluta que tienen los que aún no aprendieron a desconfiar. No hay madre en la imagen. No hay familia. Hay un hombre con guardapolvo blanco que en ese instante es todo.

Eso es lo que rompe. No el abandono, que ya es insoportable. Sino esa imagen de un niño de cuatro meses que sonríe sin saber lo que le tocó.
Hay preguntas que una foto no responde. Pero hay preguntas que una foto obliga a hacerse.
¿Quién cuida a los que no tienen a nadie?
