En el documental francés Je suis amoureuse d’un condamné (“Estoy enamorada de un condenado”), de 2013, Misty fue entrevistada como una de las admiradoras de Richard Ramirez, el “Night Stalker”, condenado por 13 asesinatos en Estados Unidos.
Durante meses, intercambió con él más de 700 cartas. La correspondencia incluía fantasías sexuales: él le hablaba de sus deseos y ella fue construyendo, desde lejos, una imagen de él que podía alimentar con palabras.
Así que decidió visitarlo en la prisión estatal de San Quentin, California, y sentarse frente a él. Misty contó que quedó casi “en trance” mientras se miraban fijamente. De cerca, él le pareció enorme: describió sus manos como gigantes junto a las de ella y sus ojos como los de un tiburón. De pronto, la fascinación se mezcló con el miedo.


Fue entonces cuando Ramirez se inclinó hacia delante y empezó a desabrocharse la ropa. Lo siguiente que ella recuerda es tener el pene de él frente a su cara.
Pero este acto inesperado que tanto había deseado e imaginado no acercó la fantasía a la realidad; al contrario, la destruyó.
—¿Quieres decir que estabas enamorada de él hasta que le viste? Porque fue verle y dejar de estarlo.
—Sí, fue como si alguien hubiera pinchado la burbuja en la que yo estaba metida y me hiciera volver a la realidad.
La distancia había permitido que Misty idealizara a un asesino condenado a través de cientos de cartas. No era la única, pero, por suerte, se dio cuenta a tiempo de su error.
