Lotta Karlsson come todos los días. Mastica, saborea, disfruta cada bocado.
Pero minutos después, ese mismo alimento aparece en una bolsa pegada a su cuello. No es un truco ni una anécdota rara. Es el resultado de años luchando contra un tumor que primero apareció en su pulmón en 2014, y que con el tiempo la llevó a perder un riñón, el bazo, parte del colon y del páncreas, y a que le extirparan buena parte del esófago.

Desde entonces vive con una esofagostomía cervical, una abertura que conecta el resto de su esófago con el exterior. Por eso puede comer por placer sin depender de esa vía para nutrirse: sus calorías y nutrientes llegan por una sonda directo al intestino. Su cáncer, un raro tumor miofibroblástico inflamatorio maligno, se trata a diario desde 2019 — y ella sigue nadando, bailando y mostrando que la vida no se detuvo.
