El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, la tierra se movió en Colombia con una fuerza de 7,4 grados. El epicentro fue en San José del Palmar, Chocó, pero el temblor llegó hasta Antioquia, Bogotá, Risaralda y Valle del Cauca.
En la Clínica Panamericana de Apartadó, en el Urabá antioqueño, el pediatra Germán Somoyar estaba de turno. Su lugar de trabajo: la unidad de neonatología, en el sexto piso.

Cuando empezó el sismo, todos los protocolos dicen lo mismo: salir. Bajar. Alejarse del edificio. Germán hizo lo contrario. Volvió a la sala donde estaban los recién nacidos.
Ahí estaban Mateo y Salomón. Dos bebés que no podían levantarse, no podían correr, no sabían siquiera que el piso temblaba bajo ellos.

“Los niños tienen prioridad absoluta”, dijo después. Los cargó, uno contra cada brazo, y bajó seis pisos mientras el edificio se sacudía. En el camino, ayudó también a dos madres paralizadas por el miedo.

El terremoto dejó, según el reporte del presidente Abelardo de la Espriella, 111 muertos y 87 heridos en el país. Mateo y Salomón no están en esa lista. Están vivos, sanos, gracias a un médico que decidió que su turno no terminaba cuando empezara a temblar.
