

En la escuela te enseñan que Robert Koch es un héroe. Descubrió la bacteria de la tuberculosis, ganó el Nobel en 1905 y hoy el instituto médico más importante de Alemania lleva su nombre.
Pero entre 1906 y 1907, la administración colonial alemana lo envió a África Oriental a investigar la enfermedad del sueño. En un campo de aislamiento de las islas Ssese, en el lago Victoria, Uganda, se probó el Atoxyl, un compuesto con arsénico muy tóxico en dosis altas. Según el propio Instituto Robert Koch, tuvo un éxito inicial, pero el parásito solo desaparecía brevemente de la sangre. Y aun conociendo los riesgos del fármaco, Koch duplicó la dosis.
El 25 de abril de 1907 publicó un informe donde él mismo reportaba 22 casos de ceguera causados por el medicamento. Siguió con el tratamiento, convencido de su eficacia. Hoy el RKI califica ese trabajo de éticamente inaceptable, y sus críticos hablan de campos de concentración.
¿Se puede seguir celebrando a un genio así?

